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Los 71 de Verástegui, la máquina del poema


Un acercamiento al vasto escritor, fundador del movimiento Hora Zero y uno de los grandes poetas peruanos, Enrique Verástegui.

Escribe: José Vadillo Vila (*)

El poeta tenía una orden irrechazable para los cagatintas: “tráeme cigarrillos”. Con las volutas enlazaba poemas que escribía mentalmente o inventaba fórmulas matemáticas con comodidad zen. 

Apunte: Enrique Verástegui (1950-2018) era uno de los pocos poetas-matemáticos. Solo era una relación imposible al miope tercermundismo, de tecnócratas sin Vallejo. Decía, por ejemplo, que el matemático ruso Georg Cantor, inventor de la teoría de conjuntos, sabía de memoria la literatura griega. Y era el mínimo común múltiplo entre los científicos europeos. No extrajo el diámetro ni sumó la radio/ pero yo celebro lo perfecto de su trazo y celebro la vieja armonía de su obra. (“Armonía del bordado”).

Bajos sus lentes poto de botella guardaba dos ocelos. Parecían devorar el mundo en 360 grados. Yo tengo un brillo en las pupilas / tan claro como el verso más claro que ahora voy gritando por estas páginas sórdidas (“Primer encuentro con Lezama”). Veía, por ejemplo, el alma grisácea del escribidor que lo atizaba con preguntas chatas y prefería darle pitadas al pucho.

***

Bardo de extramuros. De joven, se había ganado la vida tecleando máquinas de escribir en las redacciones de los diarios, aunque había estudiado Economía, Administración y Contabilidad en San Marcos. Fue entrevistador y cronista de los buenos, en los años setenta, cuando en los periódicos el esmero estilístico era un tributo y no había ganado el terraplanismo de la pirámide invertida. Escribo un artículo para el periódico/ pero, ¿a quién le interesa visiones en el periódico? (“Visiones místicas en Huanchaco”). Para muestra sus entrevistas a personajes de la cultura en el diario La Crónica, 1975-1976.

Claro, era un Perú distinto, que el movimiento poético Hora Zero –fundado por Verástegui junto con Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruíz– ayudaron también a reformular. Y Verástegui participó por esos años en los recitales de poesía que cientos de personas iban a escuchar, cuando la Biblioteca Nacional del Perú, de la avenida Abancay, era un eje cultural vital.

El poeta de la melena a lo african look, ya era leyenda lozana entre la bohemia de extrabares y la vida culturosa del Centro de Lima. Había publicado En los extramuros del mundo (1971), uno de los clásicos de la literatura peruana. Nadie posee ese don de ser para mí una tinaja con agua de lluvia: una tinaja de/ palabras que estallen/ como una molotov en los muslos de la poesía.

Ya calzado en sus sesentas y ya divorciado de la poeta y narradora Carmen Ollé, decía que jodía que los chiquillos solo le hablen de esos poemas primigenios, cuando había cincelado una veintena de libros de poesía, un libro de teoría poética, otra cifra similar de libros de filosofía, amén de novelas, cuentos, guiones, libros de matemáticas, inclusive proyectos musicales. “Cuando me hago admirador de un autor, lo leo por completo, como me ha sucedido con [José Carlos] Mariátegui”, me dijo. Esperaba lo mismo con otros que decían admirarlo.

***

Verástegui fue un polígrafo que acaparó todos los géneros literarios, además de matemático, de físico. En narrativa prefirió más que ensayo, filosofía; más que novelas, poesía. Y la crítica a ambos lados del charco, reconocía sus aportes.

Rebobino el viejo casete del 2012 para volver a escucharlo: “Soy como una galaxia, con miles de soles y planetas, que son mis libros sobre filosofía, matemática, poesía, novela, cuentos y hasta periodismo. Puedo morir ahorita y me tiro a todos los poetas y novelistas latinoamericanos y europeos”.

¿Cuál es el origen de esa particular galaxia? Un intelectual es procreado por sus lecturas. A los 14 años, cuando vivía aún en Cañete y los amigos del barrio y el colegio lo llamaban “Harry”, Verástegui había leído El Quijote, y a los 15, la trilogía Los caminos de la libertad de Jean Paul Sastre. “En Cañete me alucinaba con la vida de un intelectual europeo como no había encontrado modelo aquí”, me dijo.

Fue un personaje per sé. El chileno Roberto Bolaño, a quien conoció en México, a mediados de los setenta, años después se inspiraría en él para uno de los personajes de su novela Los detectives salvajes. Verástegui, católico ecuménico, decía que no había leído la novela de marras, pero consideraba a su antiguo amigo “un escritor tipo lumpen”.

¿Acaso Verástegui fue un autor difícil? Él dejó una consigna, que se pude resumir en esta frase de su novela La máquina del crepús/culoSi tú has de ser apacible no me hables (y mucho menos me leas).

(*) Publicado en el Diario Oficial El Peruano el domingo 18 de abril del 2021. 

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